Chengdú, a dos horas en vuelo directo desde Pekín, es una de las ciudades ícono de China.
Propios y extraños aseguran que es la ciudad ideal para vivir por el nivel de vida que ofrece. Fui el primero en sorprenderme, pues cuando me hablaron de ella creí que era un pueblo que comenzaba a conocer las bondades de la occidentalización.No podía estar más equivocado. Chengdú está en el occidente de China y es la capital de la provincia de Sichuan, que tiene 485.000 kilómetros cuadrados y alberga a 82 millones de personas, dos veces la población de Colombia y ocho veces la de Bogotá.
Por si fuera poco, sobre su suelo reposan cinco patrimonios culturales y mundiales de la humanidad, como la reserva de los osos Panda y Le Shandafo, el gran Buda Gigante, erigido hace 1.200 años. Mide 71 metros de altura y tardaron en construirlo 90 años.
Solo en Chengdú, al que confundí con un 'pueblito', viven 10 millones de almas, tienen asiento 161 de las 500 empresas más grandes del mundo, entre ellas, Bayer, General Motors, Intel y Dell, y es el centro financiero y tecnológico del occidente de China.
Al recorrer sus calles encontré que se construye una segunda línea para el metro, de siete proyectadas para el futuro; en esa segunda línea se tardaron tres años.
Obviamente, me pregunté por qué en Bogotá se habla de hasta ocho años para una primera línea. La respuesta es simple, los chinos aplican una máxima elemental: hechos, no palabras.
A veces da la sensación de que en las ciudades chinas hay más gente ocupada arreglando calles y jardines que policías regulando el tránsito.
Hay toda una cultura del reciclaje, que se percibe hasta en las canecas de la basura: hay una para cada tipo de material que se desecha.
Las glorietas y las partes bajas de los puentes vehiculares son ocupadas para sembrar plantas y flores con llamativas formas.
No hay ventas ambulantes y las tiendas Ferragamo, Louis Vuitton, Prada y Gucci pululan en Chengdu como si se tratara de Nueva York o Madrid.
Pero con lo que no he podido lidiar es con el tráfico. Es un caos. El peatón es el último en la escala de la movilidad. Primero están los enormes buses de turismo, que se mueven a sus anchas; les siguen los taxis, los carros particulares, las motos, las bicicletas eléctricas, los bicitaxis, las bicicletas de pedal y luego la gente.
Hay una disputa permanente por el espacio público. Motos y bicicletas ruedan sin recato por los andenes y la gente ni se inmuta. Pareciera que se acostumbraron al caos.
En Shanghái, Pekín o Chengdú hay que tener cuatro ojos a la hora de cruzar una calle, una esquina o incluso caminar por el andén.
En cualquier momento aparece algo con ruedas que puede llevárselo por delante.
También es detestable la pitadera. Se pita por todo: porque se va a adelantar, porque se va a cruzar, porque sí o porque no. Es como estar en las calles de Montería, donde la bocina es la dueña de la calle.
Sí, aunque suene increíble, debo reconocer que en este sentido, incluso Bogotá pareciera ser el paraíso. Exagero, claro.
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